Odisea
Un viaje interior
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Declaración de amor


Lo confieso. Soy adicto a los libros.

No. No he dicho a la lectura, que también. Dije a los libros.

Son objetos del deseo. Me recreo tocando los libros, acariciando sus cubiertas, escuchando el ruido al pasar las páginas. Los libros tienen algo que excita mis manos. Me gusta mirarlos, olerlos, apretarlos, colocarlos, ordenarlos, apilarlos, descubrirlos, desvirgarlos, acunarlos, sopesarlos, recordarlos, explicarlos, cerrarlos (de un golpe seco), abrirlos (con cuidado).

Aparecer en una librería es una fiesta. A veces voy a buscar la víctima; otras el libro me escoge. Paseo entre los estantes. Mis ojos quieren abarcar el aleph de los libros. Los hay de tapas vistosas, aristocráticas, de un gusto pésimo, modernas, humildes de bolsillo. Los hay tan delgados que casi no parecen libros sino cuadernos, se diría que son tímidos. Otros son gruesos, seguros de si mismos; te invitan a olvidarte de todo y abandonarte a su historia. Tienen títulos heroicos, hermosos, horripilantes, escalofriantes, evocadores, soñolientos, melancólicos, asépticos, ridículos, cómicos, etéreos. Los abro, uno tras otro, para leer el primer párrafo. Alguna vez se podría publicar un compendio de los inicios de los libros. Hay comienzos sugerentes, aburridos, brillantes, evocadores, distantes, incomprensibles (que hay que leerlos dos veces), inolvidables (que basta leerlos una vez para recordarlos siempre). El título es un guiño, sus primeras líneas son un beso. ¡Cuantas caricias nos esperan en sus páginas!

Sin leerlos los invento, sin conocerlos los construyo. Robo cinco minutos a cualquier momento para zambullirme entre renglones. Me duermo con uno entre las manos. Investigo las bibliotecas de mis amigos. Observo a la chica que viaja delante de mí en el tren. Si está leyendo parece que el imán que sostiene entre sus manos desvía mis ojos; nada no hay manera, lleva un forro de colores o la mano de ella avergüenza el título. Observo su cara: tiene los ojos muy abiertos o está dibujando una sonrisa.

Compro más libros de los que puedo leer. Es que me miran desde su montón y me están seduciendo; poco me importa si serán leídos. Yo lo que anhelo es poseerlos, que dejen de ser una tentación inalcanzable perdidos entre cientos de semejantes en aquel anaquel y que pasen a hacer compañía a los que ya he esclavizado, o que me han esclavizado a mi, mejor dicho. Pueden pasar un año en mi librería esperando su momento justo, el ánimo adecuado. Pero ya están allí y mi ansia se sosiega.

Un libro es un enigma que espera ser descifrado. Tengo problemas para no empezar más de uno al mismo tiempo. Estoy seguro que murmuran de mí entre ellos. Dirán que soy un inconstante, un amante infiel, que hoy cogeré uno y mañana otro sin acabar con el primero. Que una vez pasada la pasión inicial, caen en el olvido. Que todos los lectores son iguales.

Pero no es cierto. Hay amores juveniles, loco frenesí y amores maduros. Nuevos delirios, viejos amigos. Todos juntos en mi biblioteca.

Es que los amo.

2002-06-26 a las 23:39 | Odiseo | 0 Comentarios | #

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