Odisea
Un viaje interior
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Hormigas (a las ocho menos diez)

Ocho menos diez de la mañana. Estoy esperando el tren. Hoy tengo que ir al centro de la ciudad y opto por dejar el coche en las afueras; es más práctico. Desgraciadamente el tren se retrasa. Por los altavoces anuncian con cansina frecuencia que por causas ajenas a su voluntad existen retrasos. Espero.

Cuando llega el tren y subo al vagón. No queda un asiento libre. La incansable voz megafónica advierte que, por causas ajenas a su voluntad, estaremos parados quince minutos más. Un rumor ascendente estalla en una actividad frenética y resignada al mismo tiempo. La estación parece un hormiguero. Los pasajeros bajan al andén, se sientan en el descansillo, sacan los móviles, abren periódicos, cambian de vagón, buscan un asiento. Comentan entre ellos. Caras de fastidio. Y yo maldiciendo a los transportes públicos. "Un día que dejo el coche para ganar tiempo...". Aún tengo suerte: muy cerca de mi descubro un sitio libre, el único que queda. Me lanzo a por él. Cómodamente instalado saco mi libro y me pongo a leer. Espero. Como todas las demás hormigas.

Por fin el tren arranca. Caras de alivio. "Menos mal, no llegaré tan tarde", pienso. Pero circulamos despacio, como si nos fuéramos a detener enseguida. Parsimoniosamente alcanzamos la siguiente estación.

Y entonces oigo voces excitadas que me arrancan de mi lectura. Los comentarios aumentan y se entremezclan. Algo pasa. De pronto todo el pasaje está mirando por la ventana. Todos se acercan a lado opuesto al mío. Miran hacia las vías y percibo todas las miradas: los que no pueden dejar de mirar, los que estiran el cuello y no alcanzan, los que cierran los ojos, los que los abren hasta que se les salen de las órbitas. Y sobre todo dos chavales hablando en voz baja; perfilan una sonrisa nerviosa. No entiendo qué están mirando todos. Hasta que alguien dice "Es un animal". Y otro contesta: "No. Es una persona".

No puedo saber de que hablan exactamente porque todo es algo confuso. No quiero levantarme de mi sitio porque no quiero perderlo pero sobre todo porque no se si quiero ver lo que mi instinto me pide a gritos que vea. Todo dura unos segundos. Otros pocos más y todo vuelve a la normalidad.

Y la vida sigue. El ejecutivo vuelve a su diario y el estudiante a sus apuntes y aquella chica cierra los ojos para robar un minuto al sueño. Y al llegar al su destino final los trenes vomitan hormigas que parecen humanos corriendo hacia sus trabajos, sus clases, sus casas, sus citas, sus cuitas.

Hace veinte minutos ha muerto alguien. No sabemos quien es, ni porqué, ni cómo era su infierno. Solo sabemos que está irreconocible en la vía del tren y que todos perdimos media hora de nuestra vida porque él, o ella, perdió toda su vida a las ocho menos diez en una estación del tren de cercanías.

Ha muerto alguien. Pero a las hormigas les es indiferente.

2003-05-23 a las 07:04 | Odiseo | 3 Comentarios | #

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Comentarios

1
De: Vendell Fecha: 2003-05-23 07:13

¿Lo de las hormigas es más que una metáfora del aspecto que damos vistos desde arriba saliendo del tren?



2
De: eva-lamaga Fecha: 2003-05-23 07:26

Odiseo, quizá cada una de esas hormigas haya hecho una bolita con el recuerdo de esa imagen de hoy y lo haya intentado esconder en lo más profundo de su hormiguero. Cada uno se defiende como puede. Pero algún invierno de estos, más tarde o más temprado, llegará una riada y hará salir a cada una de esas bolitas-recuerdo flotando a la superficie.



3
De: Daurmith Fecha: 2003-05-23 09:23

Esto va a sonar horrible... Pero a las hormigas de verdad no les es indiferente.







		

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